“Sentí que no tenía derechos”: una americana de 72 años que grababa una operación del ICE en Manhattan fue rociada con gas pimienta — y lleva su caso a los tribunales
Linda Wolff no estaba protestando. Había ido a Inwood como observadora de respuesta rápida a grabar lo que ocurría. Los agentes del ICE cruzaron la calle, caminaron hacia ella y le rociaron la cara. Su abogado dice que el uso de la fuerza fue “completamente injustificado.” Sus gafas le salvaron la vista. Y su garganta sigue sin recuperarse.
INWOOD, MANHATTAN — El 30 de julio de 2026, Linda Wolff, ciudadana americana de 72 años, llegó en coche a la zona de Isham Avenue y Seaman Avenue, en Inwood, en el norte de Manhattan, después de enterarse de que había vehículos del ICE en el lugar. Es parte de un equipo de respuesta rápida y observadores — una red de personas que se desplazan a los escenarios de operaciones del ICE para documentar lo que ocurre. No fue a protestar. Fue a grabar.
“Todo el mundo se equivoca en eso”, dijo Wolff a N+ Univision. “No fue una protesta.”
Al llegar, vio que los neumáticos de un vehículo del ICE habían sido pinchados. Se acercó para observar, luego se alejó y permaneció en la acera con otras personas. Poco después, un vehículo del ICE avanzó por la zona. Los agentes bajaron. Algunos llevaban máscaras. Uno portaba un aerosol que Wolff describió como “gas para osos” — una variante industrial del gas pimienta. Otro vestía completamente de negro y llevaba un táser amarillo.
Wolff tuvo un intercambio verbal con un conductor de grúa que trabajaba para el ICE en el lugar. “Debería darte vergüenza trabajar para ICE”, le dijo. Él respondió que era su trabajo y que tenía hijos que alimentar. Wolff volvió a la acera.
Fue entonces cuando dos agentes caminaron directamente hacia ella desde el otro lado de la calle y le rociaron la cara con gas pimienta.
“Me rociaron a mí y a la chica que estaba a mi lado”, dijo. La otra mujer terminó con gas en toda la camiseta. Un joven cercano fue rociado en el rostro después de que otro agente lo empujara.
“Yo empecé a gritar: ‘¡No puedes hacer eso!'”, contó Wolff. Quería ayudarlo a limpiarse los ojos.
Las consecuencias físicas. El gas no le afectó de inmediato. “Cuando ocurrió, no sentí nada. Simplemente me rociaron y salí corriendo mientras gritaba a los demás.” La reacción llegó después. Wolff llevaba gafas — lo que, según ella, evitó que perdiera completamente la visión. Pero el gas le irritó la piel, le lastimó la garganta y le provocó ronquera que persiste días después. “Tengo la garganta irritada”, dijo. “Todo va mejorando, excepto la garganta.” Se ha lavado el cabello varias veces pero sigue sintiendo ardor cuando una pequeña cantidad del gas entra en contacto con sus ojos. Tiene previsto consultar con un otorrinolaringólogo.
El argumento legal: los agentes caminaron hacia ella. El abogado de Wolff, John Burris, prepara una reclamación civil contra el gobierno federal bajo la Federal Tort Claims Act — Ley Federal de Reclamaciones por Agravios. Su argumento central es geométrico y demoledor: los agentes estaban al otro lado de la calle, lejos de Wolff, y se acercaron caminando con total despreocupación hasta ella para rociarle la cara.
“Los agentes estaban al otro lado de la calle, lejos de la señora Wolff. Se acercaron caminando con total despreocupación y, al llegar hasta ella, le rociaron la cara”, afirmó Burris. El abogado reconoce que el ICE puede usar la fuerza cuando hay una necesidad legítima — si alguien interfiere físicamente con su trabajo. Pero sostiene que ese no fue el caso. “No estaban siendo atacados ni ella los estaba agrediendo físicamente”, dijo. Y añadió que los gritos o insultos a un agente — incluso las palabrotas — son protegidos por la Primera Enmienda mientras no impliquen interferencia física.
Burris también señaló que Wolff presentó una denuncia ante el Precinto 34 del NYPD. Cuando el agente del NYPD intentó obtener los nombres y números de placa de los funcionarios federales, estos abandonaron el lugar. El agente le explicó a Wolff que tenía la matrícula del vehículo y que sabía quiénes eran los agentes.
Lo que Wolff quiere — y lo que no quiere. La reclamación podría incluir compensación económica, pero el objetivo declarado de Wolff va mucho más allá del dinero. “Ella seguramente desearía una compensación económica, pero en un caso como este, lo que realmente quiere es que cese esa conducta”, explicó Burris. “Ningún agente debería hacer lo que hicieron estos oficiales.”
Wolff fue igualmente directa sobre su intención de seguir como observadora. “En absoluto. Al contrario, sigo igual”, dijo cuando le preguntaron si el incidente había cambiado su disposición a documentar operaciones del ICE.
Su reflexión final resume algo más profundo que el ardor del gas: “Sentí que no tenía derechos. Sentí como si estuviera viviendo en un lugar que no era Estados Unidos. Fue aterrador en ese sentido.”
El contexto: observadores, gas pimienta y Manhattan. El incidente de Inwood del 30 de julio no es un caso aislado. En la misma jornada, según reportes de organizaciones de derechos de inmigrantes, el gas pimienta fue usado contra varios observadores en la zona. Esa misma semana, el alcalde Mamdani reiteró que la ciudad no coopera con el ICE y que los agentes federales no pueden entrar en propiedades municipales sin orden judicial. Sin embargo, los incidentes en espacios públicos — la acera de Inwood, el puente de embarque de Denver, el patio de una casa en Newark — demuestran que la línea entre lo que el ICE puede y no puede hacer sigue siendo, en la práctica, la que los propios agentes deciden trazar.
Linda Wolff, 72 años, ciudadana americana, llevaba gafas ese día. Se las salvaron de perder la vista. Ahora lleva su caso a los tribunales para que lo que ocurrió en esa acera de Inwood tenga consecuencias.
“I felt I had no rights”: a 72-year-old American who was filming an ICE operation in Manhattan was pepper-sprayed — and is taking her case to court
Linda Wolff wasn’t protesting. She’d gone to Inwood as a rapid response observer to document what was happening. ICE agents crossed the street, walked toward her and sprayed her face. Her lawyer says the use of force was “completely unjustified.” Her glasses saved her eyesight. And her throat still hasn’t recovered.
INWOOD, MANHATTAN — On July 30, 2026, Linda Wolff, a 72-year-old American citizen, drove to the area of Isham Avenue and Seaman Avenue in Inwood in upper Manhattan after hearing that ICE vehicles were in the area. She is part of a rapid response and observers network — a group of people who go to ICE operation scenes to document what happens. She didn’t go to protest. She went to record.
“Everyone is wrong about that,” Wolff told N+ Univision. “It was not a protest.”
When she arrived she saw that the tires of an ICE vehicle had been slashed. She approached to observe, then moved back and stood on the sidewalk with other people. Shortly after, an ICE vehicle moved through the area. Agents got out. Some wore masks. One carried a spray canister Wolff described as “bear spray” — an industrial-strength variant of pepper spray. Another dressed entirely in black and carried a yellow Taser.
Wolff had a brief verbal exchange with a tow truck driver working for ICE at the scene. “You should be ashamed of yourself for working for ICE,” she told him. He said it was his job and he had children to feed. Wolff returned to the sidewalk.
That’s when two agents walked directly toward her from across the street and sprayed her face.
“They sprayed me and the girl next to me,” she said. The other woman ended up with spray all over her shirt. A young man nearby was sprayed in the face after another agent pushed him.
“I started screaming: ‘You can’t do that!’,” Wolff recounted. She wanted to help him clean his eyes.
The physical aftermath. The spray didn’t affect her immediately. “When it happened I didn’t feel anything. I just got sprayed and ran away yelling at the others.” The physical reaction came later. Wolff was wearing glasses — which, she says, prevented her from losing her vision entirely. But the spray irritated her skin, hurt her throat and left her hoarse days later. “My throat is irritated,” she said. “Everything is improving except my throat.” She has washed her hair repeatedly but still feels burning when a small amount of the agent reaches her eyes. She plans to see an ear, nose and throat specialist.
The legal argument: the agents walked toward her. Wolff’s attorney, John Burris, is preparing a civil claim against the federal government under the Federal Tort Claims Act. His central argument is geometrically precise and devastating: the agents were across the street, far from Wolff, and walked calmly toward her before spraying her face.
“The agents were on the other side of the street, far from Ms. Wolff. They came walking in a very casual manner and, when they got to her, they sprayed her in the face,” Burris said. He acknowledges ICE can use force when there is a legitimate need — such as when someone physically interferes with their work. But he argues that was not the case here. “They were not being attacked, and she was not physically assaulting them,” he said. He also noted that yelling or cursing at an officer — even profanity — is protected by the First Amendment as long as it doesn’t involve physical interference.
Burris added that Wolff filed a complaint with NYPD’s 34th Precinct. When the officer tried to get the names and badge numbers of the federal agents, they left the scene. The officer told Wolff he had the vehicle’s plate number and knew who the agents were.
What Wolff wants — and what she doesn’t. The claim could include financial compensation, but Wolff’s stated goal goes far beyond money. “She certainly would want monetary compensation, but in a case like this, what she really wants is for that conduct to stop,” Burris said. “No officer should do what these officers did.”
Wolff was equally clear about her intention to continue as an observer. “Absolutely not. On the contrary, I’m the same,” she said when asked whether the incident had changed her willingness to document ICE operations.
Her final reflection captures something deeper than the sting of the spray: “I felt I had no rights. I felt like I was living in a place that was not the United States. It was terrifying in that sense.”
The context. The July 30 Inwood incident is not isolated. That same day, according to immigrant rights organizations, pepper spray was used against multiple observers in the area. That same week, Mayor Mamdani reiterated that the city doesn’t cooperate with ICE and that federal agents cannot enter city property without a court order. But incidents in public spaces — an Inwood sidewalk, a Denver jet bridge, a Newark backyard — show that the line between what ICE can and cannot do remains, in practice, the one agents themselves decide to draw.
Linda Wolff, 72, an American citizen, was wearing glasses that day. They saved her eyesight. She’s now taking her case to court to make what happened on that Inwood sidewalk have consequences.
“Senti que não tinha direitos”: uma americana de 72 anos que filmava uma operação do ICE em Manhattan foi borrifada com spray de pimenta — e leva seu caso à Justiça
Linda Wolff não estava protestando. Foi a Inwood como observadora de resposta rápida para documentar o que acontecia. Agentes do ICE cruzaram a rua, caminharam até ela e borrifaram seu rosto. Seu advogado diz que o uso da força foi “completamente injustificado.” Seus óculos salvaram sua visão. E sua garganta ainda não se recuperou.
INWOOD, MANHATTAN — Em 30 de julho de 2026, Linda Wolff, cidadã americana de 72 anos, foi de carro até a área da Isham Avenue com a Seaman Avenue, em Inwood, no norte de Manhattan, depois de saber que havia veículos do ICE no local. Ela faz parte de uma rede de resposta rápida e observadores — um grupo de pessoas que vai aos locais das operações do ICE para documentar o que acontece. Não foi protestar. Foi filmar.
“Todo mundo erra nisso”, disse Wolff ao N+ Univision. “Não foi um protesto.”
Ao chegar, viu que os pneus de um veículo do ICE tinham sido furados. Aproximou-se para observar, depois recuou e ficou na calçada com outras pessoas. Pouco depois, um veículo do ICE avançou pela área. Os agentes desceram. Alguns usavam máscaras. Um carregava um spray que Wolff descreveu como “spray para ursos” — uma variante industrial do spray de pimenta. Outro vestia completamente de preto e carregava um taser amarelo.
Wolff teve uma breve troca verbal com um motorista de guincho que trabalhava para o ICE no local. “Você deveria ter vergonha de trabalhar para o ICE”, disse a ele. Ele respondeu que era seu trabalho e que tinha filhos para sustentar. Wolff voltou para a calçada.
Foi então que dois agentes caminharam diretamente até ela, do outro lado da rua, e borrifaram spray de pimenta em seu rosto.
“Eles me borrifaram e borrifaram a menina que estava ao meu lado”, disse. A outra mulher ficou com spray por toda a camiseta. Um jovem próximo foi borrifado no rosto depois que outro agente o empurrou.
“Eu comecei a gritar: ‘Você não pode fazer isso!'”, relatou Wolff. Queria ajudá-lo a limpar os olhos.
As consequências físicas. O spray não a afetou imediatamente. “Quando aconteceu, não senti nada. Simplesmente me borrifaram e saí correndo gritando para os outros.” A reação física veio depois. Wolff usava óculos — o que, segundo ela, impediu que perdesse completamente a visão. Mas o spray irritou sua pele, machucou sua garganta e a deixou rouca dias depois. “Tenho a garganta irritada”, disse. “Tudo está melhorando, exceto a garganta.” Lavou o cabelo várias vezes, mas ainda sente ardor quando uma pequena quantidade do agente entra em contato com os olhos. Planeja consultar um otorrinolaringologista.
O argumento jurídico: os agentes caminharam até ela. O advogado de Wolff, John Burris, prepara uma reclamação civil contra o governo federal sob a Federal Tort Claims Act. Seu argumento central é geometricamente preciso e devastador: os agentes estavam do outro lado da rua, longe de Wolff, e caminharam tranquilamente até ela antes de borrifar seu rosto.
“Os agentes estavam do outro lado da rua, longe da Sra. Wolff. Vieram caminhando com total despreocupação e, quando chegaram a ela, borrifaram sua face”, afirmou Burris. Ele reconhece que o ICE pode usar a força quando há uma necessidade legítima — como quando alguém interfere fisicamente em seu trabalho. Mas sustenta que esse não foi o caso. “Não estavam sendo atacados e ela não os estava agredindo fisicamente”, disse. Acrescentou que gritos ou insultos a um agente — até palavrões — são protegidos pela Primeira Emenda enquanto não impliquem interferência física.
Burris também mencionou que Wolff registrou uma queixa no 34.º Distrito do NYPD. Quando o policial tentou obter os nomes e números de placa dos agentes federais, eles deixaram o local. O policial explicou a Wolff que tinha a placa do veículo e sabia quem eram os agentes.
O que Wolff quer — e o que não quer. A reclamação pode incluir indenização financeira, mas o objetivo declarado de Wolff vai muito além do dinheiro. “Ela certamente desejaria uma compensação financeira, mas num caso como este, o que ela realmente quer é que essa conduta cesse”, disse Burris. “Nenhum agente deveria fazer o que esses oficiais fizeram.”
Wolff foi igualmente clara sobre sua intenção de continuar como observadora. “De forma alguma. Pelo contrário, continuo igual”, disse quando perguntada se o incidente havia mudado sua disposição de documentar operações do ICE.
Sua reflexão final captura algo mais profundo do que a ardência do spray: “Senti que não tinha direitos. Senti como se estivesse vivendo num lugar que não era os Estados Unidos. Foi aterrorizante nesse sentido.”
O contexto. O incidente de Inwood em 30 de julho não é isolado. Naquele mesmo dia, segundo organizações de direitos de imigrantes, o spray de pimenta foi usado contra vários observadores na área. Naquela mesma semana, o prefeito Mamdani reiterou que a cidade não coopera com o ICE e que agentes federais não podem entrar em propriedades municipais sem ordem judicial. Mas os incidentes em espaços públicos — uma calçada em Inwood, uma passarela de embarque em Denver, o quintal de uma casa em Newark — mostram que a linha entre o que o ICE pode e não pode fazer continua sendo, na prática, a que os próprios agentes decidem traçar.
Linda Wolff, 72 anos, cidadã americana, usava óculos naquele dia. Eles salvaram sua visão. Agora ela leva seu caso à Justiça para que o que aconteceu naquela calçada de Inwood tenha consequências.