Salió a coger el bus para ir a trabajar, el ICE le disparó con pistola eléctrica, y despertó en el hospital con siete puntos en el labio y un derrame cerebral — sin poder hacerse la resonancia porque el grillete lo impide
José Mejía Hernández, 45 años, mexicano, 18 años en Virginia, sin antecedentes penales. El 11 de agosto dos camionetas lo interceptaron camino al trabajo en Arlington. Corrió por miedo. Lo tasearon por la espalda. Despertó tres días después con hematomas, un ojo morado y un derrame en el cráneo. El ICE dice que usó “la fuerza necesaria.” Su abogado dice que no le dejan quitarse el grillete para hacerse la resonancia. La comunidad exige respuestas.
ARLINGTON, VIRGINIA / WASHINGTON D.C. — La mañana del lunes 11 de agosto de 2026, a las 6:30, José Mejía Hernández salió de su casa en Virginia. Llevaba un paraguas porque iba a llover. Se dirigía a la parada de autobús, en la zona de Columbia Pike y Courthouse Road, en Arlington, para ir a trabajar — lo mismo que hacía cada mañana desde hacía casi 19 años.
Dos camionetas se detuvieron frente a él. Varias personas bajaron y comenzaron a acercarse. Mejía sintió miedo. Echó a correr.
“Por el instinto mío, me di a correr. Cuando menos, sentí que me dispararon por la espalda con una pistola eléctrica. De ahí perdí el conocimiento”, relató a N+ Univision Washington.
Cuando volvió en sí, estaba en una cama de hospital en Washington D.C. A su lado, agentes del ICE. Le preguntó qué había pasado. “No sabemos”, le respondieron. Tenía el ojo derecho completamente amoratado. El labio cosido con siete puntos. Una enfermera le dijo que había sufrido un derrame en la cabeza. Le confirmaron una hemorragia y trauma cerebral. Había estado tres días inconsciente o sedado en el hospital, sin que su esposa ni su hijastro, que viven con él en Virginia, supieran dónde estaba.
“Nunca pensé llegar a esto o pasar por esto”, dijo.
Dos versiones, una pregunta sin respuesta. El Departamento de Seguridad Nacional respondió a las preguntas de los medios con un comunicado que confirma la detención y la justifica: Mejía Hernández intentó huir durante el arresto, lo que “obligó a los agentes a utilizar la fuerza necesaria para controlar la situación.” La agencia añadió que el mexicano entró sin autorización al país en 2006, aceptó un retorno voluntario ese mismo año, y reingresó en 2008 y 2020. También señaló que en 2020 fue condenado por el condado de Fairfax por embriaguez en público.
El abogado de Mejía, Carlos Jurado, ofrece una imagen diferente del hombre: 18 años en el país, sin antecedentes penales relevantes, trabajador. La familia no fue notificada durante tres días de su paradero. Dos agentes del ICE permanecieron a su lado durante toda la hospitalización. No tuvo acceso privado a sus médicos.
Mejía admite que corrió. Lo que no entiende — y tampoco puede explicar — es por qué despertó con esas lesiones. “No me acuerdo. Desperté con la cara así y con siete puntadas en el labio.” Ni él ni sus médicos pueden confirmar que todos esos daños sean consecuencia exclusiva de la caída tras la descarga eléctrica.
El grillete que le impide saber si sobrevivirá. Al salir del hospital, el ICE le colocó un grillete electrónico de monitoreo en el tobillo — el dispositivo estándar de supervisión para personas en proceso migratorio liberadas bajo condiciones. El problema: el grillete contiene componentes metálicos que hacen imposible realizar una resonancia magnética, el único estudio que puede evaluar con precisión la extensión del sangrado y la inflamación cerebral que los médicos detectaron.
Su abogado presentó una petición formal para que el ICE retire el grillete temporalmente, el tiempo suficiente para realizar el estudio. Los médicos lo ordenaron. La burocracia migratoria está en medio. Mientras la petición espera respuesta, Mejía describe dolores de cabeza, mareos y dificultades para concentrarse. “Por los golpes que tuve en la cabeza, me cuesta entender”, dijo a Telemundo.
El video que lo viralizó todo. El caso llegó al público a través de un video que la hija de Mejía publicó en TikTok mostrando las lesiones de su padre. El material circuló en X, Facebook e Instagram, donde la imagen del hombre con el rostro golpeado y el grillete en el tobillo — sin poder hacerse una resonancia para saber si tiene daño cerebral permanente — se convirtió en símbolo de la semana de la ofensiva migratoria de agosto de 2026.
El caso de Mejía llegó en la misma semana en que el ICE anunció la compra de hasta 20 millones de dólares en guantes G.L.O.V.E. de electrochoque para sus agentes, y tres personas habían muerto en el centro de detención de Delaney Hall en Newark.
“Soy una persona que trabaja, me gusta bastante trabajar, sacar a mi familia adelante”, dijo Mejía. “Nunca pensé pasar por esto.” Tiene un grillete en el tobillo, un derrame en la cabeza sin diagnosticar, y espera que alguien le dé una respuesta.
He left to catch the bus to work, ICE tasered him from behind, and he woke up in a hospital with seven stitches on his lip and a brain bleed — unable to get the MRI because his ankle monitor won’t allow it
José Mejía Hernández, 45, Mexican, 18 years in Virginia, no criminal record. On August 11, two trucks intercepted him on his way to work in Arlington. He ran out of fear. They tasered him in the back. He woke up three days later with bruises, a black eye and a brain hemorrhage. ICE says it used “necessary force.” His lawyer says they won’t remove his ankle monitor so he can get the MRI. The community is demanding answers.
ARLINGTON, VIRGINIA / WASHINGTON D.C. — On the morning of Monday, August 11, 2026, at 6:30 a.m., José Mejía Hernández left his home in Virginia. He was carrying an umbrella because rain was expected. He was heading to the bus stop at Columbia Pike and Courthouse Road in Arlington to go to work — the same thing he had done every morning for nearly 19 years.
Two trucks stopped in front of him. Several people got out and started walking toward him. Mejía felt fear. He ran.
“By instinct, I took off running. Next thing I know, I felt them shoot me in the back with an electric gun. And then I lost consciousness,” he told N+ Univision Washington.
When he came to, he was in a hospital bed in Washington D.C. ICE agents were beside him. He asked them what had happened. “We don’t know,” they told him. His right eye was completely swollen shut. His lip was closed with seven stitches. A nurse told him he had a brain bleed. A brain hemorrhage and traumatic brain injury were confirmed. He had spent three days unconscious or sedated in the hospital, while his wife and stepchild in Virginia didn’t know where he was.
“I never thought I would get to this or go through this,” he said.
Two versions, one unanswered question. The Department of Homeland Security responded to media questions with a statement confirming the detention and justifying it: Mejía Hernández attempted to flee during the arrest, which “required agents to use the necessary force to control the situation.” The agency added that Mejía entered the country illegally in 2006, accepted a voluntary return that same year, and re-entered in 2008 and 2020. It also noted a 2020 public intoxication conviction in Fairfax County.
Mejía’s lawyer, Carlos Jurado, paints a different picture: 18 years in the country, no significant criminal record, a worker. His family was not notified of his whereabouts for three days. Two ICE agents remained at his bedside throughout his hospitalization. He was not given private access to his doctors.
Mejía admits he ran. What he doesn’t understand — and cannot explain — is why he woke up with those injuries. “I don’t remember. I woke up like this, with my face like this and seven stitches on my lip.” Neither he nor his doctors can confirm that all those injuries resulted solely from the fall after the electric shock.
The ankle monitor blocking a potentially life-saving scan. Upon hospital discharge, ICE fitted him with an electronic ankle monitor — the standard supervisory device for people in immigration proceedings released on conditions. The problem: the monitor contains metallic components that make it impossible to perform an MRI, the only scan that can accurately assess the extent of the bleeding and brain swelling doctors detected.
His lawyer filed a formal request for ICE to temporarily remove the ankle monitor long enough to perform the scan. Doctors ordered it. Immigration bureaucracy is in the way. While the request awaits a response, Mejía describes headaches, dizziness and difficulty concentrating. “Because of the blows I took to my head, it’s hard for me to understand things,” he told Telemundo.
The video that made it go viral. The case reached the public through a video Mejía’s daughter posted on TikTok showing her father’s injuries. The footage spread on X, Facebook and Instagram, where the image of a man with a battered face and an ankle monitor — unable to get the MRI to find out whether he has permanent brain damage — became the symbol of immigration enforcement week in August 2026.
The case landed in the same week ICE announced the purchase of up to $20 million in G.L.O.V.E. electric shock gloves for its agents, and three people had died at the Delaney Hall detention center in Newark.
“I’m a person who works, I really like to work, to support my family,” Mejía said. “I never thought I would go through this.” He has an ankle monitor, an undiagnosed brain bleed, and is waiting for someone to give him answers.
Saiu para pegar o ônibus para o trabalho, o ICE o chocou pelas costas com pistola elétrica e acordou no hospital com sete pontos no lábio e hemorragia cerebral — sem poder fazer a ressonância porque a tornozeleira não permite
José Mejía Hernández, 45 anos, mexicano, 18 anos na Virgínia, sem ficha criminal. Em 11 de agosto, duas caminhonetes o interceptaram a caminho do trabalho em Arlington. Ele correu com medo. O chocaram pelas costas. Acordou três dias depois com hematomas, olho roxo e derrame cerebral. O ICE diz que usou “a força necessária.” Seu advogado diz que não deixam tirar a tornozeleira para fazer a ressonância. A comunidade exige respostas.
ARLINGTON, VIRGÍNIA / WASHINGTON D.C. — Na manhã de segunda-feira, 11 de agosto de 2026, às 6h30, José Mejía Hernández saiu de casa na Virgínia. Levava um guarda-chuva porque ia chover. Ia até o ponto de ônibus na Columbia Pike com a Courthouse Road, em Arlington, para ir trabalhar — o mesmo que fazia cada manhã há quase 19 anos.
Duas caminhonetes pararam na sua frente. Várias pessoas desceram e começaram a se aproximar. Mejía sentiu medo. Correu.
“Por instinto, saí correndo. Quando menos percebi, senti que me atiraram pelas costas com uma pistola elétrica. Daí perdi a consciência”, relatou ao N+ Univision Washington.
Quando voltou a si, estava numa cama de hospital em Washington D.C. Agentes do ICE ao seu lado. Perguntou o que havia acontecido. “Não sabemos”, responderam. O olho direito completamente roxo. O lábio costurado com sete pontos. Uma enfermeira disse que ele havia sofrido um derrame na cabeça. Confirmaram hemorragia e trauma cerebral. Havia passado três dias inconsciente ou sedado no hospital, sem que sua esposa e seu enteado na Virgínia soubessem onde ele estava.
“Nunca pensei chegar a isso ou passar por isso”, disse.
Duas versões, uma pergunta sem resposta. O Departamento de Segurança Interna respondeu às perguntas da mídia com um comunicado que confirma a detenção e a justifica: Mejía Hernández tentou fugir durante a prisão, o que “obrigou os agentes a usar a força necessária para controlar a situação.” A agência acrescentou que o mexicano entrou sem autorização no país em 2006, aceitou um retorno voluntário naquele mesmo ano e reingressou em 2008 e 2020. Também apontou uma condenação em 2020 por embriaguez pública no condado de Fairfax.
O advogado de Mejía, Carlos Jurado, pinta um retrato diferente do homem: 18 anos no país, sem antecedentes criminais relevantes, trabalhador. A família não foi notificada de seu paradeiro por três dias. Dois agentes do ICE permaneceram ao seu lado durante toda a hospitalização. Ele não teve acesso privado aos médicos.
Mejía admite que correu. O que não entende — e tampouco consegue explicar — é por que acordou com essas lesões. “Não me lembro. Acordei com o rosto assim e com sete pontos no lábio.” Nem ele nem seus médicos podem confirmar que todos esses danos sejam consequência exclusiva da queda após o choque elétrico.
A tornozeleira que impede saber se vai sobreviver. Ao receber alta, o ICE colocou uma tornozeleira eletrônica de monitoramento no tornozelo — o dispositivo padrão de supervisão para pessoas em processo migratório liberadas sob condições. O problema: a tornozeleira contém componentes metálicos que impossibilitam a realização de uma ressonância magnética, o único exame que pode avaliar com precisão a extensão do sangramento e da inflamação cerebral detectados pelos médicos.
Seu advogado apresentou um pedido formal para que o ICE retire temporariamente a tornozeleira, tempo suficiente para realizar o exame. Os médicos ordenaram. A burocracia migratória está no meio. Enquanto o pedido aguarda resposta, Mejía descreve dores de cabeça, tontura e dificuldade de concentração. “Por causa dos golpes que recebi na cabeça, tenho dificuldade para entender as coisas”, disse ao Telemundo.
O vídeo que viralizou tudo. O caso chegou ao público por meio de um vídeo que a filha de Mejía publicou no TikTok mostrando as lesões do pai. O material circulou no X, Facebook e Instagram, onde a imagem do homem com o rosto machucado e a tornozeleira no tornozelo — sem poder fazer a ressonância para saber se tem dano cerebral permanente — tornou-se símbolo da semana da ofensiva migratória de agosto de 2026.
O caso de Mejía chegou na mesma semana em que o ICE anunciou a compra de até US$ 20 milhões em luvas G.L.O.V.E. de choque elétrico para seus agentes, e três pessoas tinham morrido no centro de detenção de Delaney Hall em Newark.
“Sou uma pessoa que trabalha, gosto muito de trabalhar, sustentar minha família”, disse Mejía. “Nunca pensei passar por isso.” Tem uma tornozeleira no tornozelo, um derrame cerebral sem diagnóstico completo e espera que alguém lhe dê uma resposta.